Sus manos sabían dibujar su silueta en la seductora oscuridad, movimientos suaves y agresivos la incitaban a continuar descubriéndolo en su desnudez.
Allí estaban, solamente cobijados por besos frágiles, vulnerables y consumidos por el peso del deseo y el fuego del silencio que en ese instante se apoderó de la habitación.
Sin querer admitirlo ella ya no podía dar marcha atrás, esa noche de enero su amor quedó marcado por las lágrimas derramadas al son de la música que los unió.
Tomaron prestados los versos más dulces y en una mirada de esas que dejan la piel erizada, él robó sus suspiros.
Ella estaba tranquila por la paz que emanaba de su presencia, de sus pensamientos, poco a poco la hizo suya con la textura de su voz, con el calor de sus palabras que la abrazaron sin cesar.
"Esa noche mujer de plata, hice de tus labios cereza mi lugar secreto, mi confesionario, hice de tu desnudez de luna mi lugar de ensueño y mi santuario."
Fue una noche como ninguna, fue ella su amante blanca y delicada, fue un instante tan íntimo y sublime como la luz tenue de unas velas.
Entre sombras y piel se distinguía una sonrisa, mas no vale la pena decir a quién pertenecía, sólo diré que en esa habitación más dicha no cabía.