La luz atravesaba cada espacio entre los hilos, cada tramo de un tejido
de grises y negros que cubría delicadamente sus cuerpos.
La luz iluminaba sus rostros con un tono no muy brillante, era más bien
romántico y acogedor.
A ella la vi abrazada a su torso, recibida por su pecho, consentida por
sus manos y bañada por sus besos.
La vi conciliando el sueño y perdiéndose por algo más que un instante
entre sus brazos fundidos alrededor de su cuerpo, tratando de descubrirla con
timidez al compás de las hojas que caían en su verde salón.
La vi descansando, suspirando, mirándolo y robándose el aliento de vida
que dejaba salir en cada respiración.
A él, lo vi un instante cargado de dicha y emoción, proyectaba una
sonrisa capaz de mover mi mundo, logró transformarlo en un segundo.
Estoy segura que cuando crucé su mirada, cuando capturé de vista esa
sonrisa, estoy segura que ni por un instante me perteneció.
Más esto no es motivo de tristeza, fue más bien un honor el entender la
dicha de su afortunada acompañante.
Logré comprender cómo era que con su sola presencia él deshacía la
mezcla de su esencia.
En su vida, él es el prisma que la refracta, la refleja y sobre todo la
descompone en los colores del arco iris, siete colores que adornaron
el horizonte con los tonos de su corazón.