Escucho pasos tras de mí, el ritmo de tu caminar es
inconfundible.
Me alcanzas y sujetas mi cintura con firmeza y
vanagloria.
Dejas caer tus palabras de amor en mi cuello.
Resbalan presurosas buscando mis senos, danzando
con la melodía de tu voz.
Dejo escapar mi risa nerviosa, esa que delata mis
sentimientos con más claridad que las palabras.
Dulce y efímero instante de fragilidad que no vas a
desperdiciar.
Mi piel erizada y vulnerable te aclama y desea.
Tus dedos ágiles y ligeros se aventuran a
explorarme.
Tiemblo y olvido respirar por un instante.
Atrapas el aliento de vida que se escapaba de mis
labios con un beso.
Susurras a mis pecas: Yo te tengo.
Mis piernas recobran su fuerza y mi sonrisa su
valor.
Me siento segura.
No te detienes en recorrerme y no quiero que lo
hagas.
Tengo la mirada fija en tus ojos y la ilusión
puesta en que continúes.
Siento que te pertenezco por la propiedad con que
te apoderas de mis piernas.
Soy vulnerable a cada una de tus caricias.
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| Imágen tomada de Internet |
¿Vulnerable he dicho?
Sí, siento que me conoces.
Soy tu niña de ojos caramiel, aunque no lo sepas,
aunque nunca te lo confiese.
Te beso con agonía y deseo, te beso la curva de tus
labios y hago un caminito de allí hasta tu pecho.
Un caminito de amor que desemboca en tu cuello,
éxtasis fulminante para mi lengua.
Y te escucho emocionarte cuando llego hasta allí.
Contienes la respiración intentando controlarte y
padeciendo la ansiedad de lo inminente.
